viernes, 30 de diciembre de 2016

Aprendiendo a vivir sin ti





Diciembre, casi 11 meses desde que te fuiste, así sin avisar, sin un hasta luego, sin un nos vemos pronto, sin una palabra de esperanza. No te dio tiempo, alguien decidió que era tu hora, y me dejaste aquí, aún necesitándote, y con la ardua tarea de recomponerme y volver a sentir ganas de vivir.

Durante estos meses ha habido altos y bajos, he cambiado físicamente, no me reconozco, he intentado alejar lo que no me hace bien, mi vida ya no es la misma, he intentado por todos los medios sufrir lo justo, no lo he conseguido, tu recuerdo late en mí como un caballo desbocado y con el miedo a que diga basta cualquier día de estos.

Los demás no tienen ni idea de cómo me siento, aunque hayan pasado por situaciones parecidas no saben lo que teníamos tu y yo. Mi talón de Aquiles, mi bastón, mi fiel consejero.
No me quedaron cosas por decirte, tu ya sabías lo mucho que te quería, los hechos muchas veces hablan más que las palabras, pero si me gustaría haberte agradecido tanto, por hacerme la persona que soy, fuerte y sensible a la vez, luchadora, y cabezota...como tú.

He dejado de buscarte, al fin comprendí que era en vano, tú estás en otro sitio, espero que más bonito y amable.
A mi aún me queda camino para reconstruirme, tu vacío es una cicatriz que sangra constantemente, aún me hace daño recordarte, aunque hago progresos y me acuerdo de tu sonrisa, pero decirlo en voz alta me taladra el pecho.

Tiempo, necesito tiempo y conocerme más, ser capaz de asimilar todo esto y buscar nuevas inquietudes e ilusiones, algo que me diga, tu si estas viva, quiero volver a reír a carcajadas y no sonreír a medio lado, como si me sintiera culpable por hacerlo. Poder disfrutar de lo que tengo, de lo que he construido, por lo que moriría cada día.